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Diego Cánepa

INTERVENCIÓN EN SALA

Recuerdan a los legisladores asesinados en Buenos Aires

El mejor homenaje es seguir con la verdad, con la memoria y construir la justicia

El 2006 marcó la historia de la lucha por la justicia en el Uruguay. En noviembre, fueron a la cárcel, el ex dictador y su canciller, por el delito de coautoría en el asesinato de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw, cometido 30 años antes.

En junio de ese año, la Asamblea General, reunida en sesión extraordinaria, rindió homenaje a los legisladores asesinados. Transcribimos la intervención del diputado Cánepa en esa oportunidad.


Diego Cánepa .- “Sin duda, mucho de lo que íbamos a expresar en este homenaje que estamos realizando a estos dos uruguayos, a estos dos orientales, a estos dos políticos, fue incluido en lo dicho por quienes nos precedieron en el uso de la palabra y, seguramente, lo hicieron mucho mejor que nosotros.

Sin embargo, antes de entrar a esta Asamblea General, más allá de lo que uno puede preparar, la duda radica en lo que uno puede decir en esta instancia.

Agradecemos enormemente a nuestra Bancada, la del Frente Amplio, y a nuestro sector, el Nuevo Espacio, por permitirnos hacer uso de la palabra en el día de hoy. En el transcurso de nuestra corta militancia, es la primera vez que vamos a hablar en esta Casa sobre la figura de Zelmar Michelini, aun cuando lo hemos hecho desde el inicio de nuestra actividad política.

Creemos que es el momento de hablar con el corazón sobre lo que uno siente y no tanto de la historia que hay detrás de esta gente. Un amigo, también Legislador, dice que en algunos momentos la cabeza fría es importante, pero en otros, los políticos debemos poner por delante al corazón.

Recordamos todo lo que se ha dicho acerca de ese 20 de mayo de 1976; recordamos los ochenta y dos años del nacimiento de Zelmar Michelini y los treinta años de su asesinato, así como también a "el Toba" Gutiérrez Ruiz, a Rosario Barredo y a William Withelaw.

En ellos se plasma la profundidad de la tragedia que vivió nuestra gente. Obviamente, no conocí a Zelmar Michelini porque cuando lo asesinaron recién cumplía los cuatro años; no soy de aquellos que pueden hablar de un contacto personal con ninguno de ellos. Si conozco su voz, es a través de las grabaciones de la época y si conozco su vida, es a través de las historias que nos han contado innumerable cantidad de uruguayos y uruguayas que se nos han acercado para decirnos cómo era, qué decía y qué hacía este hombre en su época y cuál era su compromiso. Si lo conozco, es porque soy de los que cuando decidí -quizás no conscientemente porque todos los que aquí estamos sentados, hombres y mujeres que tenemos vocación política, sabemos que estas cosas no son racionales- integrarme a esta actividad, asumí una vocación inherente a mi propia forma de ver y entender el mundo. Y la referencia ética y en profundidad y el compromiso con el cambio y con una sociedad distinta que encarnaba Zelmar Michelini fue lo que personalmente nos impulsó a iniciar esta tarea.

Muchos hombres y mujeres sufrieron ese mismo destino. Se podrá discrepar con ellos, o no. Acá no hay unanimidades sobre lo sucedido; no me refiero al hecho trágico, sino a los acontecimientos que le antecedieron.
Nadie duda que la grandeza de su figura no está dada solamente por el hecho de su muerte, sino básica y fundamentalmente por su propia vida. Vengo a rescatar la vida de ambos, porque la muerte es la consecuencia y no el inicio; me refiero al ignominioso asesinato.

Como bien decía Wilson Ferreira Aldunate en una carta escrita -hoy documento histórico- pocos días después de estos hechos al dictador Videla antes de iniciar su exilio forzoso -porque también integraba esta operación de la dictadura uruguaya tendiente al asesinato de estos compañeros y ciudadanos-, quizás lo más abyecto de toda esta historia es la utilización de la muerte de estos dos muchachos, Barredo y Withelaw, pareja que había dejado la lucha armada y estaba en otro proceso, que fueron puestos en el lugar para armar una escena, como excusa.

Lo más importante para nosotros no es solamente el recuerdo de Zelmar como Secretario General del Centro de Estudiantes de Derecho en 1945, Secretario General de la FEUU, dirigente gremial del Banco Hipotecario del Uruguay durante diez años -por lo que es recordado hasta el día de hoy por sus compañeros y compañeras-, Secretario de Luis Batlle en su primera Presidencia, Jefe de Bancada de la Lista 15 en su primera Legislatura, fundador de la Lista 99 y del "Frente del Pueblo" -antecesor del Frente Amplio- con Terra, por el Partido Demócrata Cristiano.

Más allá de estos hitos, de haber sido Diputado, Senador y Ministro por unos simbólicos noventa y nueve días en la Cartera de Industria y Energía, lo que debemos rescatar no es al ser humano que hayamos conocido -no personalmente, aunque sí a través de su legado-, sino al compromiso con sus propias convicciones y la fuerza de decir lo que uno piensa y ser consecuente con su pensamiento.

Siempre he creído que el talante de un hombre que transitó la vida defendiendo sus ideas políticas en forma apasionada y radical, con coraje y valentía, es recordado por su increíble capacidad de oratoria.
Quizás para muchos de los que hoy están aquí presentes fue uno de los mayores oradores que ha dado la República. Contó con un ángel especial en su trato.

Muchas veces he escuchado decir, inclusive de "el Toba" -a quien no sólo no conocí personalmente sino del que tengo referencias distintas en función de mi menor cercanía con su trayectoria-, que cuando se le acercaba la gente -eso que nos pasa a todos los políticos constantemente y a veces nos falta tiempo para poder atender a todo el mundo- tenía la capacidad de hacer sentir a la persona involucrada como el centro de su preocupación; la gente se iba convencida de que, realmente, en ese minuto él le había dado toda la atención necesaria más allá del resultado que podía tener la gestión que se hiciera en aras de solucionar el problema.

Tenía la mano tendida ante la injusticia. ¡Vaya si hay anécdotas del Hotel Liberty de cuando estaba enojado, cuando se hacían colas de cincuenta, sesenta y setenta orientales -también había algunos de otras tierras- que buscaban una solución para su situación.

Mucho podríamos hablar del transitar político de Zelmar Michelini, pero quiero rescatar la concepción de la radicalidad, no sólo en el principismo sino en la consecuencia de sus ideas. No creo en nadie que dé pasos pensando que tiene vocación de mártir.

En el libro fruto de los ochenta "Ni muerte ni derrota" de Di Candia, que hoy se está reeditando, figuran varios reportajes a muchas personas que lo conocieron en distintas etapas de su vida. Alguno de los capítulos está escrito por su hijo, "el Chicho" Zelmar Michelini Dellepiane. A mi juicio, ahí está la clave para comprender algunos de estos elementos.

Zelmar tenía muy desarrollado ese sexto sentido que algunos políticos tienen; no sólo tenía olfato para la política sino también esa sensación de poder anticipar la jugada y saber exactamente cómo se presentaría el próximo escenario.
Todos sabían lo jugado que se estaba desde que había caído el Gobierno de Isabel Perón, desde que se había iniciado la dictadura argentina; no desde que se había iniciado la barbarie porque había comenzado antes, puesto que la triple A ya campeaba en Argentina antes de 1976.

Además, la dictadura le cercenó cualquier posibilidad de salida en una encerrona -una verdadera ratonera- cuando le quitaron la posibilidad de usar su pasaporte para que pudiera salir de la República Argentina, preparando lo que luego fue una operación para su asesinato. Él estaba esperando esa señal que le indicara cuándo se produciría esa ruptura total de códigos que, aun en la barbarie, en Uruguay existían.

Lo que Zelmar nunca supo, lo que nunca pudo llegar a comprender a pesar de toda su capacidad, fue que la señal para todos -la barbarie- estaba desatada. La señal para todos de que esto había ido cualitativamente a un terrorismo de Estado sistemático -y acá no hubo casualidades- fue su propia muerte.

Su asesinato, junto con el de Gutiérrez Ruiz, indicó a todos que no solamente no había intocables, sino que los códigos se habían roto definitivamente. Sin ánimo de debatir, me animo a decir algo de lo que estoy profundamente convencido.
En la historia nacional, en los partidos fundacionales, se toma como ruptura de códigos lo relativo a Quinteros, el asesinato de Leandro, la búsqueda afuera del territorio oriental -cuando se está exiliado- y el asesinato vil. Eso implicó una ruptura de códigos de nuestro sistema, no sólo político y democrático porque había una dictadura, sino por la forma de convivencia de los orientales. Y eso no está saldado.

Seguramente, la señora Legisladora Beatriz Argimón lo dijo mejor que nosotros, pero queremos expresar con más tranquilidad que estamos convencidos de que el mejor homenaje que se les puede tributar -además de los que ya se han realizado- es mantener la memoria, seguir reclamando verdad y justicia.

Memoria, verdad y justicia no sólo para ellos, sino también para todos los orientales, hombres y mujeres, que sufrieron ese terrorismo de Estado. Ese es un deber ineludible de nuestra sociedad y habrá poco de compensación porque, aun cuando hayamos logrado que se haga justicia, nada compensará su ausencia. No lo digo con ánimo de venganza ni de revancha, sino con el espíritu de que las cosas deben ser como son: palabras a veces simples pero muy importantes para nosotros.

Quiero citar algo que mi amigo, el Subsecretario de Educación y Cultura, doctor Felipe Michelini, mencionó en el Paraninfo de la Universidad de la República a propósito del acto recordatorio que organizó la Comisión de Homenajes al cumplirse treinta años del asesinato de Zelmar Michelini.

También quiero aprovechar la oportunidad para reconocer la labor de Omar Gandolfo, Presidente de la Comisión de Homenajes, amigo de todas las horas de Zelmar Michelini, y de mi amigo y secretario de la Comisión de Homenajes, Raúl Altuna.

Como decía, ese día Felipe citaba algo que hoy quiero recordar en esta sesión de la Asamblea General, porque para mí es una síntesis de sus maravillosas intervenciones en muchas oportunidades.

Es muy breve lo que voy a mencionar y tiene que ver con el pedido de desafuero de Erro, en las sesiones del 16 y 17 de mayo de 1973. En esa oportunidad, el señor Michelini decía -a veces no es conveniente hacer citas en forma descontextualizada, pero lo que voy a referir es una síntesis muy fuerte de lo que este hombre -y nos sentimos responsables de la herencia de ese mandato- expresaba en esas circunstancias y cito que “no hay posibilidad de realizar el país si no tenemos el pleno respeto de las instituciones y en plena libertad”.

Por supuesto que no nos basta sólo la libertad de expresión, la libertad de palabra, de reunión, si no hay también libertad económica. No queremos un hombre libre que se muera de hambre, pero tampoco queremos un hombre que tenga la panza llena -y permítanseme las palabras empleadas- si no puede expresar con libertad sus ideas.

Luchamos por un Uruguay distinto y, por distinto, mejor. Luchamos, y no dejaremos de luchar, por un hombre nuevo. Esto es lo que, en mi opinión, sintetiza ese legado.

La expresión que mencionaba el señor senador Couriel figura en la carta fechada el 29 de febrero de 1976, es decir, la última carta a su hija "Eli".

Todos saben de sus enormes preocupaciones, porque se le realizó el chantaje más vil que un ser humano puede sufrir y que habla de la cobardía con que los dictadores de turno actuaban con una mujer indefensa, que estaba presa, torturándola porque su padre era uno de los principales puntales en contra de la dictadura y así se lo hacían saber a ese padre de diversas formas. ¡Vaya dilema que un ser humano, un padre, puede tener si se le plantea esa situación!
Sin embargo, en esa carta, a pesar de citar ese último verso que mencionó el señor senador Couriel y que dice "Quiero que recuerdes aquel verso del poeta, que dice: con alegría vivo, con alegría combato, con alegría muero, que nunca la tristeza se asocie a mi nombre", también refería otra cosa -que quiero mencionar- en el sentido de que si hay algo que nos enseña la historia es que la justicia triunfa y que los poderosos ocasionales son los eternos perdedores.

Quiero terminar citando unas palabras que Felipe aludió en el Paraninfo de la Universidad de la República, porque para nosotros es un compromiso ineludible. Hay miles de anécdotas de Zelmar Michelini, pero quiero referir a una en particular.

En Buenos Aires, un compañero no muy vinculado a la política pero que lo había seguido toda su vida se acercó a Zelmar pidiéndole un mensaje para uno de sus amigos que vivía en un pueblito del interior muy alejado de la capital, donde se tenían pocas noticias, sobre qué hacer. Eso fue pocos días antes de su secuestro y posterior asesinato.
Zelmar le trasmitió a ese hombre un mensaje -que atesoró-, que decía:

"Amigo: ahora, a tener mucha paciencia, a tener mucha memoria. Hemos tenido mucha paciencia; seguimos teniendo mucha memoria"

Pero el mejor homenaje es seguir con la verdad, seguir con la memoria y construir esa justicia.”

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